Presentación Exposición Shock or Death

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Vestida de negro o de blanco, con capucha o coronada de flores, pertrechada con unas tijeras, una guadaña o tal vez una vela a punto de extinguirse… la muerte siempre ha estado presente en nuestra cultura. Y digo nuestra en un sentido muy amplio: nuestra en cuanto seres humanos, pues el faktum de la muerte –no el hecho biológico de fenecer, sino su tratamiento ritualizado y reglado- es un universal cultural vigente en todas y cada una de las civilizaciones, por más alejadas en tiempo y espacio que éstas se hallen.

Tanto es así que constituye uno de los cinco escenarios culturales que el filósofo alemán Eugen Fink señaló como los núcleos significativos e imprescindibles en torno a los cuales se articulan las sociedades humanas. Estos son: primero, el trabajo como relación con la naturaleza; segundo, la familia, las correspondientes reglas acerca de su estructuración y el matrimonio, que, junto con el tercero, la política, constituyen las relaciones con los demás; el cuarto, el denominado ámbito del juego, que engloba nuestra relación con lo posible; y, por último, la muerte. Pero ésta no es una integrante más de la lista, sino que Fink lleva su papel un paso más allá al indicar que es por ella por quien se modulan el resto de escenarios. Debido a que el hombre conoce la muerte, sabe de la importancia de organizar el trabajo y dominar otras poblaciones para asegurar la supervivencia del grupo. Asimismo, la muerte abre la no-dimensión del otro lado, que es anidada por la imaginación y las elucubraciones sobre lo posible. Es aquí donde aparece la religión, sistema de concepciones sobre un orden superior que dispone nuestra realidad. La religión dota de un sentido a la muerte. Su objetivo último viene a ser ayudar al hombre a vivir su muerte –sí, ‘vivir su muerte’, quédense con esta expresión porque en breve volveré sobre ella-. Paradójico resulta que una herramienta que en principio debe ayudar a vivir, conduzca precisamente a la violencia y la muerte cuando es dogmatizada y se excede en sus funciones.

Así, en torno a la muerte se organizan una cultura práctica, que regula nuestro comportamiento a la hora de tratar con ella; una cultura técnica, que engloba aquellos instrumentos que puedan ser requeridos por la anterior; y, de forma preeminente, una rica y omnipresente cultura ideal que aglutina los mitos de la comunidad y empapa cada uno de los ámbitos de su vida. ‘La mortalidad impregna la vida del ser humano, a diferencia de otros animales, porque sabe de sus propios límites biológicos’ sentenció Fink.

Las evidencias más antiguas de enterramientos acompañados de cierto rito funerario son atribuidas al Homo Neandertal, coetáneo del Sapiens, que acabaría por desbancarlo.

Todo ser vivo muere, pero el hombre es el único animal que ha montado sobre este hecho todo un aparato cultural y simbólico. Lo cual no deja de llamar la atención si tenemos en cuenta que otros escenarios, como el trabajo o las relaciones entre sexos, sí están reglados en las comunidades animales. Bastará con citar las colmenas o las manadas de suricatos con sus complejas sociedades matriarcales, donde el apareamiento no es algo que se tome a la ligera.

Esto nos lleva a plantearnos la siguiente cuestión: ¿podría ser tal vez la conciencia sobre nuestra propia muerte lo que nos diferencie de los animales?

Barriendo para casa, en su obra Meditaciones del Quijote, Ortega y Gasset ya expuso en su teoría fenomenológica de los dobles humanos influida por Husserl el hecho de que el hombre se diferencia del animal por cuanto es autoconsciente de sí mismo. Esta autorrepresentación conlleva una disociación entre nuestra vida biológica, es decir, el conjunto de instancias corporales y los instintos de supervivencia a ellas referidos, y lo que verdaderamente somos o, lo que es más importante, lo que queremos ser, recogido con el nombre de vida psicológica, que se acabará plasmado en la denominada vida biográfica. El hombre deviene de la suma de estas tres vidas, sabiendo que él no se reduce meramente a su cuerpo, a sus necesidades fisiológicas, pudiendo dejarlas en suspenso para dedicarse a otro tipo de actividades que no las satisfacen ipso facto y que valora de cara a la vida que él mismo desea crearse. El hombre se dota de un sentido a sí mismo y a su existencia.

Por ello puede apuntarse que, mientras el animal sobrevive, el hombre vive. Lo mismo viene a indicar Heidegger cuando alega que mientras el hombre tiene mundo, el animal es pobre de mundo, porque está benommen: embargado en la red de estímulos de la que no puede distanciarse para ser consciente de la misma. Son los objetos y los acontecimientos del entorno quienes gobiernan la vida del animal, lo traen y lo llevan como una marioneta, no es dueño de sí mismo. Frente a él, el humano tiene mundo porque se hace cargo de él. Es libre.

Señala Ortega la capacidad del hombre para ensimismarse, para, tomando distancia con su realidad más inmediata, retirarse hacia su propia intimidad, allí donde habitan las ideas, y con esas ideas volver al mundo y reorganizarlo. Solo cuando el hombre se hace consciente de sí mismo se puede hablar de hombre, pues aquí radica la escisión fundamental.

Pero, saber de su existencia conlleva saber de su propia finitud. El hombre es el único animal del que puede afirmarse con pleno sentido que vive, porque es el único animal que muere. El conocimiento de su muerte es el ser efectivamente mortales. Todos los seres perecen, pero solo el hombre vive su muerte –recojo aquí la expresión de nuevo-. Toma conciencia de ella en el mismo instante en el que la toma de su vida.

Lejos de caer en la lamentación por tan agorero modo de existir, hemos de remarcar que es justamente ese tener presente el final lo que empuja al hombre a emprender las actividades de las que hemos hablado que dan sentido a su vida y a su mundo, esa reorganización de la que nos habla Ortega. Pues como anotó Fink, ‘solo desde que el ser humano conoce la muerte, puede amar la vida como tal’. Y es que solo en la comprensión de nuestra facticidad destaca lo no fáctico, lo que vale por sí mismo, las verdades últimas, no afectadas por la muerte en su inmutabilidad. Porque, citando a Simmel, ‘la muerte puede anular el proceso de la vida, pero no atacar a la significación de sus contenidos’.

Así pues, la filosofía, la ética, el arte, la búsqueda de la belleza… en definitiva, lo más hermoso que el hombre ha sido capaz de crear, habrían nacido de nuestra rebeldía ante nuestra propia mutabilidad. Fruto de nuestro desesperado e inconformista plantar cara a la misma muerte. ¿Es por tanto la muerte el fundamento mismo de nuestro aparato cultural, su condición de existencia sine qua non?

Aquí una vez más, la muerte se nos muestra como un motor creador, antes que destructor.

Ya en la Antigüedad griega, los filósofos presocráticos señalaron la muerte como requisito imprescindible de la vida. Definiéndola incluso como el privilegio ontológico de los mortales que, frente a los dioses, son capaces del no-ser, de experimentar esa no-presencia que es la otra cara de la existencia. La muerte forma parte necesariamente del proyecto. Sófocles representa en sus tragedias cómo el héroe es aquel que se hace cargo del ser hombre, esto es, del ser mortal, del no-ser. Asumir la propia muerte es el único hacerse cargo de la vida.

En el texto filosófico más antiguo del que tenemos constancia, Anaximandro explica cómo el existir implica una delimitación excluyente, por la que una cosa no puede ser A y B a la vez. Precisamente esta delimitación es lo que hace a los seres inteligibles, esto es, pensables. Puesto que todas las posibilidades tienen igual derecho a manifestarse, se requiere la muerte de unas para que las otras puedan ser. Y el sistema de justicia que ritmaría las apariciones y las desapariciones sería el tiempo entendido como καιρός, es decir, tiempo oportuno, tiempo de maduración en el que se completa un ciclo.

Sobre esto volvería Anaxágoras al sentenciar que cada cosa muere el nacimiento de otra, o al revés, que cada cosa nace la muerte de otra.  Y Heráclito con su teoría de los opuestos, que se dan paso unos a otros en perfecta y necesaria armonía.

Todos ellos muestran la necesidad de la muerte y cómo esta va de la mano de la vida misma. Cierto que esto es más fácil de comprehender conforme a su concepción circular de la historia que dentro de la representación judeocristiana de la creación como algo lineal imperante en nuestra mentalidad.

Teniendo en cuenta que nuestros predecesores culturales ya señalaron la muerte como requisito imprescindible a nuestra vida y siendo tal postura reafirmada por los estudiosos de nuestros días, como vemos en la elucidación que sobre el tema hemos hecho hasta el momento, lo que procede ahora es preguntarnos por qué en nuestra cultura hemos olvidado todo esto y la muerte ha devenido en una negra sombra en los márgenes de nuestra vida hacia la que preferimos no mirar.

Resulta sintomático que en el Occidente moderno la muerte haya pasado a ser casi un tabú, un tema incómodo sobre el que tendemos a pasar de puntillas. Como si, siendo imposible desterrarla de nuestras vidas, la hubiéramos condenado al ostracismo por ignominiosa. Nuestra medicina lucha a brazo partido contra ella. Y ha llegado el punto en el que parece que la muerte solo ocurra cuando la ciencia falla y que lo importante sea sobrevivir a cualquier precio, aferrándonos, en  nuestra capitalista mentalidad cuantitativa, al ‘cuánto’ para olvidarnos del ‘cómo’. Por lo que la irrupción de la bioética ha sido necesaria, vigilante de cuándo las condiciones que han de pagarse en nuestro empeño de alargar la vida dejan de ser aceptables. Quizá sea hora de aceptar que, contra la muerte, nuestra victoria solo podrá ser parcial.

Esta visión trágica y pesimista de la misma se torna paradójica si tenemos en cuenta que la creencia religiosa dominante, que de una u otra forma influye en nuestra percepción de la muerte, es el cristianismo, precisamente una religión de salvación que promete una vida mucho más dichosa una vez acabe la terrenal. Esto podría deberse tal vez a su noción de la muerte como algo definitivo: un premio o un castigo sempiterno. Cuando nunca se puede estar seguro de llevar la papeleta ganadora, la perspectiva de una pena eterna se antoja sin duda abrumadora. También debe influir sin duda el hecho de que las Escrituras recojan la muerte como algo ajeno a la Creación: ‘Dios no creó la muerte’ (Sab, 1,13) sino que entró en el mundo ‘por la envidia del diablo’ (Sab 2,24). En el Paraíso no existía la muerte sino que ésta fue la pena que se impuso a Adán, y con él a todos los hombres, por el pecado cometido. La muerte es el castigo supremo, el último enemigo del hombre que debe ser vencido. Visto así se explica mejor la actitud adoptada frente a ella.

Aunque quizá la culpa del rechazo a la muerte que se da en Occidente no pueda achacársele a la religión sino, contrariamente, a la radical ausencia de valores que impera en nuestros días en los que parece que hemos perdida toda referencia desde la cual dotar de un sentido a nuestra vida, poder comprenderla y, con ella, a la muerte. Quizá nuestro problema radique en la falta total de esperanza, creencias o ideales a los que agarrarse allí donde la ciencia, nuestro omnipresente dios moderno a cuya infatigable actividad nos confiamos, no puede ampararnos.

Es por ello que, con esta exposición hemos pretendido abrir el punto de mira y recordar que hay otras maneras de acercarse a la muerte. Son muchas las culturas que le han dado y le dan hoy en día un enfoque bastante más festivo y gozoso, celebrando la muerte tanto como el nacimiento, pues ambos van de la mano. Muchos podrían ser los ejemplos a citar, entre ellos todas aquellas sociedades que creen en la reencarnación y, por tanto, solo pueden ver la muerte como el inicio de una nueva existencia, algo que no merece menos que alegrarse. Pero aprovecharé para destacar en especial la cultura mexicana, por la fama que su colorida festividad ha adquirido y que también ha quedado registrada en las obras que a continuación mostramos.

Los romanos sostenían la creencia de que la inmortalidad solo podía lograrse viviendo en el recuerdo, de ahí su búsqueda de gloria y la acometida de grandes hazañas constantes. Esto se refleja muy bien en México, donde la festividad del Día de los Muertos tiene por objetivo no tanto celebrar la muerte como sí honrar a sus muertos, demostrarles que no los han olvidado, alargar su vida por medio del recuerdo. Lo cual no deja de ser una estrategia cultural que ayuda a sus integrantes a sobrellevar esta ausencia de una forma menos traumática.

Conviene aquí recordar aquella frase del periodista François Mauriac: ‘La muerte no nos roba los seres amados. Al contrario, nos los guarda y nos los inmortaliza en el recuerdo. La vida sí que nos los roba muchas veces y definitivamente’. O aquella otra de la escritora Isabel Allende: ‘La muerte no existe, la gente solo muere cuando la olvidan; si puedes recordarme, siempre estaré contigo’. En eso consiste la festividad mexicana, en invitar a sus antepasados a visitarlos y todos reunidos de nuevo participar de la alegría colectiva y es que, sin duda, una reunión tan singular merece ser celebrada.

Y aquí va nuestra particular celebración: un acercamiento artístico transcultural a la muerte como festividad.

A modo de colofón, solo me queda citar la que fue una de las grandes despedidas de la historia: ‘Ha llegado el momento de marcharnos, yo a morir, vosotros a vivir. Nadie sabe con claridad cuál de las dos cosas es mejor, excepto quizá el dios’, Sócrates.

Julia de la Fuente, escritora y estudiante de filosofía.

Fotografía de Fran García.

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