Desde Chile hasta Madrid: Marcela San Martín

Llegamos a la 4º Sesión de ‘¿Malos tiempos para la lírica?’, la última de este ciclo increíble. Esta vez es “Cómo ser mujer y no morir en el intento”. Sobre esto tiene mucho que contar Marcela San Martín. Programadora de la sala El Sol, en Madrid, que desde que abriese por primera vez en 1979 lleva acumuladas más de 6.000 actuaciones, un lugar reconocido incluso como Patrimonio Cultural de Madrid.

Si el ciclo pretendía traer a profesionales del panorama actual de la música independiente, lo ha conseguido. De hecho, se han interesado en ella precisamente por el recorrido vital que lleva tras de sí. La vida de Marcela San Martín ha conformado un completo no parar, algunos ven una semejanza de su vida en la película La vida de los otros, por esas conspiraciones políticas y esos viajes apresurados. Nace en Santiago de Chile, en 1967. Se ve a sí misma como una exiliada, con tan solo 6 años tuvo que salir de su patria natal. Pinochet daba el golpe de estado en 1973, en aquel entonces su padre era periodista de la cadena pública. Marcela nos explica que durante tres días su padre desapareció y no apareció por casa, su madre y su tía lo esperaron hasta que al fin entendieron que había que salir del país. Su padre salió antes que ellas; nos enseña una fotografía en blanco y negro, en el aeropuerto, su madre y su tía aparecen mirando hacia atrás. “Estábamos esperando a nuestros abuelos, a ver si aparecían, pero no lo hicieron”, explica Marcela.

Acabaron en Perú primero y poco después en la Cuba de Fidel Castro. Les recibieron como a unos embajadores exiliados. “Aquí aprendimos que la generosidad existe, no como lo que ha hecho Europa, echando de nuestras costas a los inmigrantes”, lo comenta airada; el tema de los inmigrantes le parece indignante. “Cosa que Cuba no hizo con nosotros, con todo lo que le achacan, han pasado cincuenta y tantos años y aún no ha cambiado nada”, añade. En Cuba ella estuvo cantando en Los Peques, cuando lo cuenta su voz se vuelve un tanto melancólica, aquello le gustó. Allí estuvieron continuamente yendo a charlas políticas.

Al año siguiente, en 1974 acaban en Berlín, en el Berlín oriental. En sanidad y educación aquello fue bien, pero no se podía ni tan siquiera comer chicle o chupachús, se consideraba occidental, y por tanto estaba prohibido. Lo que más le entristecía era no poder escuchar a Led Zeppelin, uno de sus grupos favoritos. Sobre esta época comenta que vivieron “el nacimiento de los eventos democráticos”.

En España su viaje aún no acaba. Primero pasan por El Escorial, luego por Leganés, hasta que finalmente acaban en Alcorcón. Marcela San Martín es diplomada en Publicidad y Marketing, es además vicepresidenta y tesorera de la Asociación de Mujeres de la Industria de la Música (MIM). Sus primeros pasos en la industria musical están en la sala Siroco, donde lo aprendió casi todo. Es en ese período cuando organiza por primera y última vez un festival musical: “Como organizadora, comprendí que funcionaba cuando vi los puestos de patatas fritas justo fuera”, lo recuerda con entusiasmo, por entonces ella tenía 27 años. Fue una oportunidad para pelearse con los diferentes grupos, para comprender el trabajo de programadora.

Cuando entre en El Sol, lo que había era un grupo pequeño. Ella se ocupaba de atender llamadas telefónicas o de acordar el calendario. Recuerda entre risas cuando llegaron The Strokes, en 2005. Se trataba de un camión enorme que apenas si entraba por el callejón (con andamios además en la casa de al lado). Empezaron a bajar las cajas, y aquello parecía no parar, todo lleno de cajas. Lo trae a la memoria así: “Pusieron antibandas, ¡antibandas! El jefe de los Strokes nos pidió que sirviésemos la cerveza en vasos de plástico, en vez de en botellas, pero a quién se le ocurre tirarles una botella, es El Sol. Nos lo han pedido varias veces, siempre hemos dicho que no, aunque en ese concierto al final cedimos y las servimos como dijeron”.

El Sol cumple ya más de 35 años. Ahora celebran su aniversario cada cinco años. Una de las frases más icónicas que se pueden leer en sus paredes, en el desván, es esta: “Hoy, como hace 25 años, no se me olvidarán las letras de las canciones”, Antonio Vega. Confiesa que en el concierto que dio Antonio toda la sala acabó llorando. Fue por esos años cuando ganaron además el Premio de la Música Independiente a la Mejor Producción Musical, aunque tres años después perderían el título. Sobre su lugar, añade que colocaron la sala “en un lugar muy bonito”. Su escalera de caracol es sin duda una de sus marcas de identidad, incluso para dificultar la bajada de los diferentes instrumentos musicales que han pasado por ellas.

Sobre el alcohol y la música comenta entre risas que en tres días se acaba toda la cerveza: “¡La gente se lo bebe todo cuando escucha música!”. Su sala organiza conciertos, pero también organiza ensayos que pueden estar abiertos o cerrados al público. Los Planetas ya han hecho varios conciertos a modo de ensayo. Amaral acudía siempre a esta sala a ensayar primero, aunque siempre fueron a puerta cerrada. Pero no siempre ha sido todo risas y alegría en su ascenso, también revela que ella misma ha tenido alguna depresión de caballo: “Cuando te maltratan, yo cojo y me voy, yo no tengo estómago para quedarme, les mando al carajo”.

En su lucha contra la desigualdad y la impunidad han organizado eventos como ‘Músicos por Haití’, tras la catástrofe del terremoto en Haití. Ha participado en la Asociación Cultural ‘Carte Diem’ (2012), que pretende dar visibilidad a artistas de todas las modalidades.

La charla ahora se vuelve de un tono algo más lúgubre. Le viene a la memoria el día 20 de mayo de 2015, un día sin música, cuando asociaciones y salas de todo Madrid decidieron hacer marchas y manifestaciones contra la discriminación a las verbenas. Desde que tuviese lugar el accidente en el que fallecieron cinco chicas en el pabellón Madrid Arena. Nos cuenta que decidieron bajarse los sueldos, debido a la subida de los impuestos, de las entradas, de “todo lo que conforma la música”. Todas las pagas extras se acabaron para que El Sol continuase adelante. Además, aquellos les bajó el aforo.

Esto también se liga a la ley que ciertas comunidades autónomas que no permite a los menores de 18 años acudir a estas salas. Algo contra lo que está Marcela. El grito se convirtió entonces en el “¡queremos entrar!”. En palabras de Marcela: “Los niños tienen que aprender, tiene que ser cosa de la educación. Si no les enseñas que hay mujeres trabajadoras mal vamos. Si no se crean referentes, ellos no lo harán. Y ocurre lo mismo con la música. Queremos que haya cultura musical para los niños. Es una ley absurda”.

En febrero de 2016 nace MIM, en un encuentro en el que participan 26 mujeres. Una de ellas tuvo que ir en secreto, porque su jefe no le dejaba que fuese partícipe de este tipo de asociaciones, bajo pena de despido. Nos cuenta que “cada una de ellas tuvo dos minutos para hablar, con eso bastó para darnos cuenta de que todas sentíamos lo mismo, la misma desigualdad”. Por lo tanto, se asociaron todas. Su primer objetivo es desaparecer como asociación, porque eso significaría que la igualdad ha llegado, desgraciadamente la realidad dista mucho de eso. En su actuación han llegado a llamar a varios festivales para informarse sobre el equilibrio que hay entre hombres y mujeres, normalmente no les contestan. Con eso pretenden elaborar un informe riguroso sobre el número de las mujeres y sus papeles en la música, tarea muy complicada de llevar precisamente por el secretismo que hay. Una de las tantísimas muestras de desigualdad y machismo que define la situación lo forma la “chica de prensa”, como se les llama en ocasiones a las mujeres que son directoras. Ella misma lo ha vivido: “Cuando empecé a programar me pedían cervezas”.

Para acabar, hace un llamamiento a todos, para que se cambie la situación. Porque es algo que de igual forma ocurre a nivel internacional. Cita un documental que ha sido clave para ella, Mujeres de la música, de Daniela Bosé.

Texto de Juan Jesús Rubio Parra. Fotografía de Sergio Rubio para #makinguclm

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