Flores amarillas, gotas de sol

Susana Fuentes durante la exposición. Fotografía: Sylvia Bernabé
Susana Fuentes durante la exposición. Fotografía: Sylvia Bernabé

Dice Susana Fuentes (Las Majadas, Cuenca, 1976) que escribe “por imaginar existencias ajenas y jugar con ellas”. También “porque la palabra alivia las soledades que la rutina teje con sus peludas y rápidas patas en los rincones más sombríos del alma”. Y sobre todo “porque solo lo que se lleva en el alma con el alma se expresa y en el alma se recibe”.

Hermosas palabras para explicar la génesis de su primer libro, Flores amarillas y otros relatos de amor y muerte, una colección de cuentos plena de lírica en la que palpita el espíritu de Castilla y de sus gentes. No retrata Las Majadas, el pueblo de sus raíces, “aunque podría”, ni sus recuerdos, aunque a veces lo parezca. Sí recrea su Madrid, el de sus alas, y su Cuenca, esa ciudad con “otoño de terciopelo”, por la que Rodrigo pasea su romántica evocación de Jimena en uno de los relatos más conmovedores.

Son veintidós y andan en círculos en torno al imaginario de Susana, poblado de personajes que por igual ríen, pecan, sueñan y pierden la cordura en pos del amor, con sus idas y venidas, y de la muerte, en su más absoluta rotundidad. A sus relatos asoman la plenitud de Román, lleno, como ella, del orgullo de su tierra; la soledad de Juan, que busca, como ella, guía y consuelo en las palabras; o el exmarido de Laura, que vibra con los Guns y piensa que el amor es algo que les pasa a otros.

Hay mucho de Susana en este libro, de la que le dice a Rodrigo, por boca del narrador, que “peor que tener un corazón hecho de cicatrices es no dejarlo latir”. Su latido, y su talento, iluminan las más de cien páginas que se muestran como gotas de sol, esas flores amarillas que salpican los caminos y que llegan, plenas de entusiasmo, a los lugares que, a través de una estudiada iconografía, Juan Ignacio de Frutos también evoca con maestría.

Contiene “Flores amarillas…” tres imágenes tomadas expresamente por este artista que reparte su existencia entre Madrid y Las Majadas. Dice Juan Ignacio que eligió para la portada una foto en color “alegre y optimista” porque eso es lo que transmite el libro: alegría y optimismo. También hizo la imagen que apoya “Día de difuntos”, en la que buscó “esa penumbra que ese día tiene para muchos”. Y nuevamente ese optimismo que se percibe al viajar de la oscuridad a la luz de la torre. La tercera es el inquietante retrato del niño que abre el único relato infantil.

A este se asoma el hombre de la cueva, que con la tía Juana y el vigilante nocturno nos traslada a ese universo de precavida superstición sin la que no serían concebibles nuestros pueblos. Son personajes etéreos, almas errantes deudoras de otros mundos que al permanecer en este atormentan y persiguen, pero también dan cobijo. Seres de ultratumba que impregnan el discurso narrativo de Susana, dejándose tentar por el lado oscuro del alma.

Esgrimiendo gran verdad y todo su poderío defiende ante el mundo que “solo se entiende y se ama aquello que se ve tal como es y se abraza con sus certidumbres y sus dudas”. Las Majadas, el rock, la literatura, Madrid, el trabajo, Cuenca, la honestidad y un absoluto, incondicional y desmesurado amor por su familia son sus otras flores amarillas. “Ellos son el único consuelo cuando todo me es fútil y ajeno. El único alivio ante la muerte es el deseo de reposar eternamente a su lado, junto a la vereda, por si en la eternidad asoma la equivocada tentación de olvidar quiénes fuimos. Es mi madre mi esencia, mi piel y la persona que mejor tolera mis caprichos y las extravagancias que maquillan mi edad adulta en una infancia ya imposible. Y junto a ella, y en ella, y así es y así ha de ser, está él, que es mi única certeza, pues de todo lo bueno que tengo, que he tenido y que tendré, lo mejor de todo es que tú seas mi padre”. Y todo, concluye, “es por vosotros”.

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