Segunda estrella a la derecha. Cuentos Colorados de Oswaldo Pai.

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Aquella mañana lluviosa, el Auditorio quedó convertido en el arca de Noé cuando por parejas, como manda el protocolo de tan singular evento, fueron entrando los niños acompañados por sus camaradas de aventuras favoritos para escuchar los ‘Cuentos colorados’ de Oswaldo Pai.

Un oso panda que atendía con ojos muy abiertos, una jirafa que estiraba el cuello para ver mejor, una risueña rana con nombre propio y hasta un rinoceronte rosa, cuya extinción hubiera sido un desastre irreparable, acudieron a este refugio construido de palabras para guarecerse del mundo exterior. Allí donde una oscura amenaza llamada madurez planea sobre sus cabezas siguiéndoles incansable la pista. Dicen que bajo su dominio, una pelota roja de malabares no podrá ser nunca más una saltarina lombriz ni brincar de un vocablo acabado en ‘-ina’ a otro la forma más rápida de viajar a la China. Dicen que donde reina, las diferentes parte del cuerpo no hablan entre sí ni el viento rehúye su trabajo para irse a soplar las velas de una tarta de cumpleaños. Pero aquí dentro, en nuestra guarida de fantasía, Oswaldo es capaz de hacer todo eso y mucho más realidad. Para efectuar tan sublime truco de magia no necesitó chistera ni varita, le bastaban sus enrevesados juegos de manos, su expresiva gestualidad que derrochaba energía y su voz. Ah, y la colaboración de un ayudante muy especial. Porque él no quiso ser menos en esta cita de dobles parejas y se trajo a alguien consigo: Sentadillo, un entrañable duende dormilón que le contaba secretos al oído. Su entrada en escena elevó una actuación ya de por sí memorable a pura magia. No hicieron falta espejos hábilmente escondidos, trampillas ocultas o complicados engranajes, reducidos todos estos artificios a mera ostentosa banalidad; fue suficiente con la ternura que dos movimientos de un muñequito barbudo pueden trasmitir.

Pero, no nos engañemos, los que más disfrutaron de las rimadas adivinanzas, las anécdotas de una más que numerosa familia o los volátiles cuentos, no fueron ni la fauna allí reunida ni sus liliputienses dueños, sino los padres, que aprovecharon la excusa para colarse por esta puerta abierta a Nunca Jamás y sentirse niños de nuevo.

Creedme, porque ‘es verdad lo que cuento; bueno, verdad o cuento, pero ahí está.

Texto de Julia de la Fuente y fotografía de Fran García y El Cöco Velázquez para #Makingdos.

Puedes ver más sobre el Festival DPalabra 2015 en makingdos.tumblr.com/tagged/020150

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