Noche de Danza: Bolero de Víctor Ullate

‘Los grandes bailarines no son geniales por su técnica. Son geniales por su pasión’. Los integrantes de la compañía Víctor Ullate Ballet parecen haber hecho de estas palabras de la genial bailarina y coreógrafa Martha Graham su lema. Bien lo demostraron el pasado 14 de noviembre en el Auditorio, pues junto a su depurada técnica sin tacha alguna derrocharon energía y pasión en las tres composiciones que realizaron en este espectáculo in crescendo.

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Comenzaron por ‘Jaleos’, una pieza con sabor a nuestra tierra que constituye una de las más ovacionadas de su repertorio desde que se estrenara allá por el 1996, nada menos que en el City Center de New York, enarbolando orgullosa el espíritu español más allá de nuestras fronteras. En ella participa todo el elenco en una sucesión frenética de bailarines, ya sea en grupos o de forma individual, en la que se disputan el escenario y la atención unos a otros, con una clara contraposición y casi lucha entre el elemento femenino y masculino. Ullate hace más que evidente la estrecha relación entre las notas y el baile, realizando una coreografía en canon, algo desconcertante para el espectador poco entrenado, sobre una música que también sigue este esquema. Culminó con un apoteósico final con todos en escena bajo una fuerte luz cambiante que crea un efecto por el cual casi parece que se movieran a golpes, dotando de una viva fuerza a cada uno de sus gestos. Lo cual no deja de recordarnos a aquella catarsis a través de la locura del baile desenfrenado que buscaban los griegos en las dionisias.

La fiesta acaba, la luz se baja y empieza a sonar la 7ª sinfonía de Beethoven. Es el turno de ‘Après toi’, coreografía para un solo bailarín (en este caso Dorian Acosta) llena de expresividad que Víctor concibió como homenaje a su maestro, Maurice Bèjart. Qué mejor elección que los acordes de un músico que asistía con rabia e impotencia a su creciente sordera para reflejar la gratitud hacia esta figura tan importante en su vida, pero también el dolor por su irrevocable ausencia. Ambas emociones son magistralmente recogidas en esta danza que juega con la imagen bíblica de Jesús en la cruz, su agonía y también la esperanza de una resurrección, si no del cuerpo, al menos a través del recuerdo y de su obra inmortal. El bailarín se mueve en íntima comunicación con la luz, con quien se resiste a marcharse a pesar de su insistente invitación, un diálogo del que somos mudos espectadores privilegiados.

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Para el final, ‘Bolero’. Risas, flirteos, unas cuantas mesas de bar, vestidos de charlestón… Los felices años veinte brillando en todo su desenfadado esplendor. Como banda sonora, la conocida pieza de Ravel con la que este número comparte nombre. De nuevo se muestra esa compenetración entre música y baile que caracteriza las creaciones de Ullate, pues si algo distingue al compositor francés es esa melodía principal a la que acompaña una orquesta de fondo, elementos representados en esta ocasión por una pareja protagonista a la que el resto arropa en un segundo plano bien diferenciado, como un decorado viviente.

Si en ‘Jaleos’ los dos sexos se enfrentaban, aquí se unen en una sugestiva y sensual armonía, que se vuelve más apremiante y desenfrenada según avanza la música hasta el extático final con el que culminó esta noche de danza.

Texto de Julia de la Fuente y fotografías cedidas por el Teatro Auditorio

 

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