“Atemporal”, El Mercader de Venecia

‘Los actores tenemos una forma de trabajar: nos tiramos a la piscina; si no hay agua, mala suerte’ nos confiesa Arturo Querejeta tras interpretar al judío Shylock. Pero en esta representación del shakespeariano Mercader de Venecia en el Auditorio agua hubo, y mucha; si no, que se lo pregunten al pobre comerciante Antonio, con la mitad de sus embarcaciones hundidas en mitad del océano. Toda una marea de aplausos entusiasmados que obligó al reparto de la compañía Noviembre a salir a saludar una y otra vez durante varios minutos hasta que el oleaje se calmó.

De su mano pudimos disfrutar del Shakespeare más genuino con los frescos golpes de humor rompiendo la tensión en los momentos más dramáticos y esa velada crítica social latente tras el aparente jolgorio. Tampoco faltaron elementos que traían a nuestra memoria los clásicos grecolatinos, fecunda fuente de la que, como buen hijo de su tiempo, el dramaturgo inglés bebía con avidez. Así, pudimos ver a Sócrates vestido de Antonio clamando que se cumpliera la ley aunque eso implicara su injusta muerte, porque sin las leyes todo lo que tanto nos ha costado construir se derrumbaría; o a la protagonista Isabel valiéndose de su inteligencia para desenredar el entuerto en el que los hombres han ido a meterse y, de paso, burlarse hábilmente de su marido, como ya hiciera Cleóstrata en la Cásina de Plauto.

Esta magistral actuación no solo se acompañó de un vestuario cuidado al detalle, sino también de la música en directo de ‘Dedos’, su pianista particular, que terminó de crear esa atmósfera que nos transportaba al s.XVI. El propio elenco reconoció que sus acordes les ayudan a cerrarle la puerta al mundo exterior y meterse más profundamente en el personaje.

Tras caer el telón, los actores se reunieron con su público, que es quien, al fin y al cabo, da sentido a su trabajo, como ellos mismos apuntaron: ‘Sin vosotros nos quedaríamos en la estéril sala de ensayos’. Juntos, se desarrolló un breve coloquio en el que comentar el trabajo entre bambalinas y desentrañar entre todos las posibles lecturas de una obra que, escrita más de 400 años atrás, parece hablar de los problemas de nuestro tiempo: el abismo existente entre legalidad y justicia, la necesidad de la mujer de ponerse el disfraz de hombre para hacerse escuchar y demostrar su valía, la intolerancia social, la necesidad de pisotearnos unos a otros para avanzar, la avaricia desmedida que ahoga cualquier atisbo de solidaridad y comprensión…

Esto demuestra una vez más la maestría de Shakespeare para escribir obras atemporales con las que todo hombre pueda identificarse más allá del tiempo y el espacio, característica que lo ha encumbrado como uno de los clásicos y que lo convierte en una apuesta segura, como nos revelaron los miembros de la compañía al preguntarles por qué ya son cuatro los títulos de este autor que han llevado a escena. Pero también evidencia lo poco que nuestra sociedad ha avanzado con el paso de los siglos.

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Texto de Julia de la Fuente y Fotografía de Fran García


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